Thursday, January 27, 2011

The Bridge

Si me entrego a la desdicha pagana, después no podré reecordar lo que antes de ser era. Los objetos de los que hoy hago parte me reprochan la ausencia de mí mismo, que dentro del plano cartesiano de la vida, son ellos mismos, las cosas que me rodean y que siento que hacen parte de una dolencia de mí. Vivo en medio de mi desorden, una cama que no se tiende a menudo, un calor que quiebra mis esperanzas por un día de frio, unos muebles que no hablan de mí, pero que me acompañan como si yo quisiese que lo hicieran. Un prolijo fantasma que me enseña sus uñas, que uso de vez en cuando para rascarme la espalda. Una caja de luces que no brilla desde hace mucho tiempo y que soporta la idea de resplandecer sombras y obcuridades que no son propias a su naturaleza. El estúpido mueble que soprta a la caja de luces, innecesario, fofo, poco inteligente, pero útil. Mi compañero de cuarto que es un adorno más, pero que representa las cosas que menos me gustan de mí y de mi habitación, el lugar en el que habito constantemente preguntandome por las irrealidades de las conocidas llamas de la realidad externa que se me presentan como luces y sonidos de la calle que evito con condenada melancolía.

La alfombra que intento siempre no pisar por pesar a los pies que me sostienen día a día, ya que la alfombra es una gran nota de recordatorio de las labores no hechas en los quince días. El personaje que me acecha en mi propia cama, que me abraza y que me busca cada vez que me caigo de la misma, al que espero en las horas de siesta, que me da su insoportable calor, que me usa como almoada. El dolor de mi cuerpo hace parte también de este mi pequeño mundo. El insoportable no querer ser yo. La máquina que me tienta a tientas y que siempre me comenta con voces dulzonas y melosas las cotidianidades de los que fuera de mí se encuentran. Sol las cosas que por los lados del tiempo irrefutable, me han partido el alma en tres hermosos pedazos de incertidumbre, sueños obscuros deseos, ilusiones, falsedades de minucia histórica.

Lo más pequeños detalles son los que más celosamenyte cuido de las manos intrusas que desconozco, son por los que me convierto en sobre-protector del materialismo humano más abominable. Pequeños objetos más insignificantes que mi deseo por ellos, pero no hay nada que pueda ser más insignificante que mi deseo mismo, por eso es que al final de una vida de contemplación y hastío, terminan por habitar todas ellas la basura a a la que están destinadas, sin que por ello pueda yo ser el autor material de su rescate fatuo, pues he sido yo mismo quién las ha de botar. En otras palabras son basura que yo mismo he querido mantener lejos de su estátus de prescindibles, pero que al mismo tiempo yo sé, seré  yo el que las condene después de haber sido yo el que las juzque a la condena perpetua. Sabiendo todo esto de antemano, me adelanto al futuro, porque habré de consultar a la sibila que me enseñe el porvenir, y desde ahora en que son sagradas para mí, las veo pudriendose en el amodorrante calor de la suciedad.

Por último las aberraciones que contraigo con el día a día de la naturaleza que me acecha en el mundo infinito de los sueños. Esas que no me dejan estar en paz con los que más quiero. Yo que no quiero estar al otro lado de la fuente ni del misterio, sino que imperceptiblemente quiero poseer el misterio mismo de la magia oculta tras la cabeza de la medusa que me persigue desde niño. Las fuentes del misterio me buscan, es por eso que he preferido andar soble el ruido que hacen las pisadas de los gatos cuando estos se sienten metafísicos. Nada hay que pueda yo ocultar al altísimo, pero después de todo quiero ocultarmelo todo a mi mismo, esperando que por obra de un milagro, pueda conocerme sin saber que ya me he conocido desde siempre, pero que nunca en realidad me he aceptado como mi propio creador, el escritor de mis destino que de por cierto escrito esta ya, y que me presiento infalible muestra de lo que no he podido llegar a ser gracias a mi pensamiento devivdido por mis demonios que no dejan de repartirse mi cabeza y mi cuerpo desmembrado por las virtudes que poseo, mientras que las aberraciones simplemente intentan reconstruir de nuevo esto que me hago llamar yo y mi pequeño mundo de situaciones flasas, herejes , siniestras, coléricas y pre- sensibles a la sensación de perderme en el olvido del hombre, y porque no, de la mujer también.

He que querido demostrar que nada hay que pueda ya salvarme de lo que yo mismo he creado, hágase señor tu voluntad, por que la mía está corrompida.

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