Friday, September 25, 2009

74.



Palabras, promesas que hoy no son más que
recuerdo. Recuerdos que fluyen constantemente como
el tiempo, como el Rin. Así son las
palabras que no se detienen. Palabras pensadas
como arena que corre en el interior de su recipiente
de cristal, midiendo el tiempo desde la última vez
que escribí. Pero el deseo de reiniciar el ciclo,
de dejar correr de nuevo las palabras en el
interior de su recipiente de papel cuadriculado, aquel
deseo que ya no me atormenta por desear
despreciarlo, se fatiga y se cansa en mí, fatigando
así el deseo y el reflejo de la vida, la cual
se estructura en mí a través de las palabras,
a través de mi pensamiento convertido en gramática;
como para describir este atardecer tendré que buscar
palabras como rojo, cielo hermoso, adiós. Y pensando
en el olvido he de decir que algo de ese atardecer
ha quedado en las palabras, si no para siempre, por lo
menos para cuando ya, despistado lector, dé, sin querer,
vuelta a este reloj y vuelvan a fluir en él las
palabras que, a promesas de que no se olviden, hoy
no son más que recuerdo. (Y es aquí donde, si le das
la vuelta al reloj, todo vuelve a empezar).

Wednesday, September 16, 2009

Mi Amante la Noche

Hay un sentimiento extraño que me obliga a pensar que el vicio de la escritura, al que no soy muy adicto, no debe molestar ni perturbar a nadie más sino a mí. Mi nombre no tiene importancia ahora, aunque quizá con el tiempo lleguen a conocerme. Yo sé que aunque se los diga no tendrá mayor importancia que el que les diga que mis ojos son de un color café claro, tirando más bien a lo místico, pero igual eso no tiene importancia, o más bien, no debería tenerla. Bien, ya he dicho que este vicio mío no debería ser padecido sino por mí, ya que es mío. Por eso me deleito practicándolo en la obscuridad, no completa sino parcial. Escribo a la luz de una vela planetaria desde donde se pueden ver ciertas estrellas, de las que llaman fugaces, y que, con sus orbitas, me traen buenos presagios. Bien, también he dicho que mi nombre no tiene la menor importancia, pero les aseguro a todos ustedes, en especial a ti mi caro lector, que, aunque no sea por mi nombre, yo debería ser bien conocido entre ustedes. Sí, he dicho bien, ustedes deberían conocerme, envidiarme, temerme, tal vez hasta volver a temerme si lo desean. Pero ¡ah! ¡Tragedia! no por mérito propio, sino ajeno. Más correcto sería decir que soy un hijo como muchos otros de esta ciudad Bogotá. No un hijo normal, no un hijo cualquiera; uno como otros, pero diferente. Ya estoy divagando de nuevo. Como iba diciendo, la grandeza que se esconde detrás de mí, hasta de lo que yo mismo soy, proviene de mi amor. En palabras claras para aquellos simples que me leen, o que me leen por vez primera (a mala fortuna, o que yo llamo Coordinación en Unión Universal [léase mi obra], de toparse con este texto) estoy haciendo referencia al objeto de mi amor. Mi amada es, sin lugar a duda, un ser de magnífica belleza. A decir verdad y aunque suene algo extraño, yo nunca la pretendí. Bueno, quiero decir que nunca pretendí encontrarla, ni mucho menos atraerla. Fue ella quien me encontró, quien se acercó y finalmente me enamoró, aun sin que yo me hubiese dado cuenta. Quisiera aclarar una cosa: he dicho mi amada, pero es ella también mi amante. Sí, amante, porque nos hemos amado sólo como Abelardo y Eloísa lo harían: en secreto y desaforadamente, jurándonos amor eterno. Ella, como muchos amantes hacen con su amado, me ha regalado la Luna y las Estrellas, y no sólo eso sino que, sabiendo ser detallista, me ha regalado los silencios, la brisa, el viento frío, la soledad de saberme con ella, su presencia, no sólo en la habitación sino también en mi vida. He dicho: “como muchos amantes hacen con su amado”, pero no como cualquier y normal amante. Valga la aclaración. La verdad es que yo no he tenido que buscarla nunca, es Ella la que llega a mí y, como buenos amantes, siempre seguimos el ritual de nuestro amor. Supongo que ustedes, buenos amantes, tienen un ritual para con su pareja, bueno pero eso ya es muy personal y no pretendo meterme mucho en sus cosas. El primer paso de nuestro ya mencionado ritual es el silencio. Por lo general cuando Ella llega, porque no sé si les dije que es ella la que siempre me busca, me encuentra enfrascado en mis asuntos mundanos, a los cuales ella nunca prestará mayor atención. Y mientras yo, percatado ya de su presencia, en silencio, pongo fin a lo que hago y me organizo para recibirla, Ella, en silencio, se dispone, desnudándose, para amar y ser amada. ¡Oh! De las delicias que pueden ser contadas por algunos dioses al referirse al acto de amar a algunos de los más hermosos y sensuales cuerpos. Qué nos diría Zeus, Júpiter Olímpico, de su atractiva Leda. Qué obra, ignorada por mortales, habrá concebido Ares, Marte Guerrero, en honor a la más hermosa Afrodita, Venus del Placer. Yo, más sin embargo, soy mortal y sólo me queda la dicha de relatar. He de confesar que el cuerpo de mi amada no sufre de excesivas voluptuosidades que sirven de estorbo a gustos con un buen sentido de la proporción. Y aunque para mí es perfecto, no faltará aquel que se deje llevar por lo material, por aquello que fácilmente se deje palpar y asegure que carece de aquello que la perfección no ofrece. Acto seguido y haciendo yo lo justo, desprendiéndome de todo aquello que no traje al mundo, Ella se deja caer a mi lado, sin apartar nuestras miradas de nuestros ojos, como intentando comprender los pensamientos del otro, mientras nuestros corazones intentan coordinar un solo latido pasional. Lo que viene de ahí en adelante es sólo la gloria de lo erótico y el éxtasis de lo divino, es algo que no es un secreto, pero al mismo tiempo algo que no puede ser contado. Nos miramos, y mientras yo busco en su rostro y en su piel algún rastro de lo humano, la beso, con besos tiernos, procurando demorarme en sus volubles labios, ojos y cuello. Una de las cosas que más amo es su cabello, largo y muy liso, el cual acaricio mientras me dirijo a sus hombros. Sigo avanzando y me emociona, me llena de alegría, sentir su respiración en su pecho al tiempo que mis labios y mi ardiente deseo escalan beso a beso sus senos. Sigo ascendiendo y es ahora mi lengua la que hace su gentil aparición, tibia sobre un seno frío que sube y baja, ahora exaltado por una, un poco agitada, febril respiración. Ahí, en la cima, empiezo a describir círculos y a besar con gentileza un magnífico pezón. De vez en cuando alterno, cambiando de seno, lamiendo con deseo y reverencial respeto el recorrido. Sin demorarme mucho, pero sin ir muy aprisa, sigo camino hacia el vientre, no sin haber dado antes un beso a mi diosa. Lo recorro todo y, sin evitar caer en su ombligo, la intimido y la rindo besando su pubis. Sigo bajando, y no sin antes lamer tiernamente, me decido por alguno de los muslos, ya que éstos son festín de besos y de aficiones. Vuelvo y subo para que, donde haya yo lamido, mi ardor y deseo por satisfacerla intenten arrancar de Ella los gemidos que me indiquen que su corazón late tan rápido como el mío. Después de conseguir mi objetivo, empiezo a recorrer, en sentido contrario, el camino que ya antes había seguido y demorándome un poco en sus senos llego hasta su cuello, acaricio su cabello, sigo hasta sus labios, beso sus ojos y nos entregamos, de la forma más pura posible, a la muerte de sabernos amantes y amados. Todo lo que hay en vida no puede describir lo hermoso del amor, sólo, tal vez, la vida misma, que no sé dónde encontrarla, sólo, tal vez, en el amor. Y así nos amamos hasta que Ella se va con el alba, mientras se lleva mi alma. Por eso digo que de día la extraño y de día soy sin alma. Ahora sí, conózcanme, témanme, envídienme porque Ella es mi amante y mi amada de la cual el ocaso ya me anuncia su llegada, por eso he de finalizar mi escrito, he de poner en orden mis cosas mundanas, de mortales, diría Ella. He de prepararme para que comience el ritual. La Noche ha llegado.

Friday, September 11, 2009

Obscuros: Ella

La conocí. Es un deseo de muerte. Conocí a la bruja de obscuro corazón. Todo fue como una revelación, porque, si he de ser sincero, me descuidé pensando que jamás llegaría a conocerla. Me turbaron sus ojos fieros, azules, transparentemente azules, pero en los que adivinaba un fondo negro. Su piel blanca como la nieve y su cabello negro como la noche. Su sonrisa era hermosa, pero dejaba entrever un dolor que no cualquier humano ha sentido. Toda ella era obscuridad. Sus labios, que alguna vez habían sido vírgenes y hermosos, ahora estaban partidos, y su semblante demostraba una vitalidad muerta hacía ya mucho tiempo, tal vez a fuerza de cosas que solo ella conoce. Ese rostro joven aparentaba vejez, una vejez que era pobremente disimulada con una sonrisa. Y ella lo sabía, lo sabía pero no le importaba nada, ella sabía que todas esas veces que había muerto y vuelto a nacer, todas esas marcas de asomarse al infierno estaban cicatrizadas en su cara de puta. Yo la vi, y ella me dejó verla. Sabía, ella sabía que a mí me gustaba verla, que encontraba algo de mi esencia en ella. Que me recreaba en su aura obscura, que me atraía con un negro deseo, como si ella fuera un objeto denso e implacable. Ella sabía que podía representarme en su imaginación como a un perro herido, buscando la muerte para aliviar con descanso el dolor de la vida. Ella me dejó verla, me dejó ver que en su sonrisa se escondía un frío secreto, tan frío como su mirada, tal vez tan frío como su alma. Su deforme rostro todavía cautiva a los hombres, porque ella es todavía poderosa, porque ella es todavía hermosa. Me pregunto porqué deseó ella mi muerte, porqué se interesó en comer de mis entrañas ¿Adivinó tal vez la noche que habita en mí? Creo que el destino dice que he de volver a verla, que tendremos que encontrarnos otra vez para jugar a la falsa lujuria y para que ella pueda luego decir que ha salido victoriosa en la batalla, destajará mi cabeza y se echará a correr desnuda por el bosque donde la Luna brilla en tonos color turquesa, sepia y caoba. Bañada en sangre se limitará a correr y a dar caza a otros inmortales, solamente por el placer que le da el deseo de extinguir la luz divina que los dioses alimentan con su falso hastío de la muerte ¿Sobreviviré a nuestro próximo encuentro? Tal vez no, pero si no es así no toleraré volver a verla ya sea en el mundo de los demonios muertos, ya sea de nuevo en vida cuando volvamos a nacer del fango de la obscuridad, de la noche y de la muerte. Que así sea.