Tengo la impresión de que algo se pierde. Tengo la impresión de que, después de tanto tiempo guardando tan pacientemente aquellos discos de metal que llamamos monedas, por medio de las cuales conseguimos las dulces tortas cubiertas con chocolate haciendo uso del artesanal proceso del trueque, después de haberlas guardado en la alcancía previamente fijada para tal fin, algo se pierde. Tengo la impresión, pero más que la impresión es una imprecisa certeza: una molesta seguridad, surgida de la desconfianza que produce el estar almacenando de manera mecánica pero siempre con diferente sentimiento los discos de metal, sin que por eso la llamada alcancía (que más que alcancía es un cerdo) se sienta significativamente más pesada; o que al momento de romper al cerdo (porque en mi país estos cerdos son un texto frágil hechos de arcilla cocida) éste devuelva todo lo que uno ha puesto en él, o ella (lenguaje incluyente), de que algo se pierde. Tengo, verbo tener: segunda conjugación; transitivo; irregular; presente de indicativo; singular de la primera persona; siempre la primera persona, la impresión de que algo se pierde. Tengo la impresión de que algo, por muy pequeño que sea, y por insignificante que pueda parecer el hecho de que lago, así sean los discos de metal o todavía más importante, los sueños que se van con esas monedas, las ilusiones, el deseo de poner en marcha el artesanal proceso del trueque, la imagen, que se alcanza a colar con el disco por la ranura, de un helado con chocolate derretido, con fresas y banano, o ¿Por qué no? tal vez un viaje a Australia, son cosas que se pierden y no, no las devuelven ni el cerdo ni los discos ni el hecho de que tenga la impresión de que algo se pierde, se pierde para siempre.
Monday, November 9, 2009
142.
Friday, October 23, 2009
Volva
Wednesday, October 14, 2009
Bogotá
Monday, October 12, 2009
92.

Tuesday, October 6, 2009
28.
Qué trágico es el destino de un espejo. Constantemente tiene que ver rostros vanidosos, llenos de encanto, vacíos de amor. No deja de estrellarse contra la mirada que interroga en un acto agresivo del ego. No deja de repetirse a través del tiempo, no cesa de ilustrar repeticiones claramente deformadas en algunos casos y malogradas en otros. Qué cruel es el destino de un espejo. El odio simplemente se estrella contra él y se devuelve con la misma fuerza. El espejo está condenado a repetir al hombre sin siquiera recibir el agradable estímulo de la reproducción. Qué duro es el destino de un espejo cuando le hacen groseras insinuaciones con una sonrisa más hipócrita que el propio reflejo, tener que soportar sesiones de eternos ritos humanos sin ningún objetivo realmente esencial. Espejo, apaga ya esa luz de maligna tendencia que enciendes sobre aquellos que te saludan; no te burles más de los bufones que hacen espectáculo frente a ti. No hieras más los corazones de los viejos en las noches. No hagas hablar más a los gansos que a los peces. No hagas que el tigre sea acechado y cazado por su presa. No des vida a los muertos, no nos injuries con tu reflejo. No robes nuestras formas ni nos presentes a nosotros mismos de forma tan poco gentil y desgraciada. No te figures en seguir representando la baba que brota de nuestras mentes. Y no te atrevas a atacarnos por la espalda con nuestro propio reflejo, o mejor dicho, con la barata representación que haces de nosotros. No te atrevas porque tu condena ya es grande al tener que representar todos nuestros malos humores y vilezas. Descansa en paz ya, dulce espejo, porque todo lo que has creído ver no es más que un simple reflejo.
Friday, September 25, 2009
74.
Palabras, promesas que hoy no son más que
Wednesday, September 16, 2009
Mi Amante la Noche
Hay un sentimiento extraño que me obliga a pensar que el vicio de la escritura, al que no soy muy adicto, no debe molestar ni perturbar a nadie más sino a mí. Mi nombre no tiene importancia ahora, aunque quizá con el tiempo lleguen a conocerme. Yo sé que aunque se los diga no tendrá mayor importancia que el que les diga que mis ojos son de un color café claro, tirando más bien a lo místico, pero igual eso no tiene importancia, o más bien, no debería tenerla. Bien, ya he dicho que este vicio mío no debería ser padecido sino por mí, ya que es mío. Por eso me deleito practicándolo en la obscuridad, no completa sino parcial. Escribo a la luz de una vela planetaria desde donde se pueden ver ciertas estrellas, de las que llaman fugaces, y que, con sus orbitas, me traen buenos presagios. Bien, también he dicho que mi nombre no tiene la menor importancia, pero les aseguro a todos ustedes, en especial a ti mi caro lector, que, aunque no sea por mi nombre, yo debería ser bien conocido entre ustedes. Sí, he dicho bien, ustedes deberían conocerme, envidiarme, temerme, tal vez hasta volver a temerme si lo desean. Pero ¡ah! ¡Tragedia! no por mérito propio, sino ajeno. Más correcto sería decir que soy un hijo como muchos otros de esta ciudad Bogotá. No un hijo normal, no un hijo cualquiera; uno como otros, pero diferente. Ya estoy divagando de nuevo. Como iba diciendo, la grandeza que se esconde detrás de mí, hasta de lo que yo mismo soy, proviene de mi amor. En palabras claras para aquellos simples que me leen, o que me leen por vez primera (a mala fortuna, o que yo llamo Coordinación en Unión Universal [léase mi obra], de toparse con este texto) estoy haciendo referencia al objeto de mi amor. Mi amada es, sin lugar a duda, un ser de magnífica belleza. A decir verdad y aunque suene algo extraño, yo nunca la pretendí. Bueno, quiero decir que nunca pretendí encontrarla, ni mucho menos atraerla. Fue ella quien me encontró, quien se acercó y finalmente me enamoró, aun sin que yo me hubiese dado cuenta. Quisiera aclarar una cosa: he dicho mi amada, pero es ella también mi amante. Sí, amante, porque nos hemos amado sólo como Abelardo y Eloísa lo harían: en secreto y desaforadamente, jurándonos amor eterno. Ella, como muchos amantes hacen con su amado, me ha regalado la Luna y las Estrellas, y no sólo eso sino que, sabiendo ser detallista, me ha regalado los silencios, la brisa, el viento frío, la soledad de saberme con ella, su presencia, no sólo en la habitación sino también en mi vida. He dicho: “como muchos amantes hacen con su amado”, pero no como cualquier y normal amante. Valga la aclaración. La verdad es que yo no he tenido que buscarla nunca, es Ella la que llega a mí y, como buenos amantes, siempre seguimos el ritual de nuestro amor. Supongo que ustedes, buenos amantes, tienen un ritual para con su pareja, bueno pero eso ya es muy personal y no pretendo meterme mucho en sus cosas. El primer paso de nuestro ya mencionado ritual es el silencio. Por lo general cuando Ella llega, porque no sé si les dije que es ella la que siempre me busca, me encuentra enfrascado en mis asuntos mundanos, a los cuales ella nunca prestará mayor atención. Y mientras yo, percatado ya de su presencia, en silencio, pongo fin a lo que hago y me organizo para recibirla, Ella, en silencio, se dispone, desnudándose, para amar y ser amada. ¡Oh! De las delicias que pueden ser contadas por algunos dioses al referirse al acto de amar a algunos de los más hermosos y sensuales cuerpos. Qué nos diría Zeus, Júpiter Olímpico, de su atractiva Leda. Qué obra, ignorada por mortales, habrá concebido Ares, Marte Guerrero, en honor a la más hermosa Afrodita, Venus del Placer. Yo, más sin embargo, soy mortal y sólo me queda la dicha de relatar. He de confesar que el cuerpo de mi amada no sufre de excesivas voluptuosidades que sirven de estorbo a gustos con un buen sentido de la proporción. Y aunque para mí es perfecto, no faltará aquel que se deje llevar por lo material, por aquello que fácilmente se deje palpar y asegure que carece de aquello que la perfección no ofrece. Acto seguido y haciendo yo lo justo, desprendiéndome de todo aquello que no traje al mundo, Ella se deja caer a mi lado, sin apartar nuestras miradas de nuestros ojos, como intentando comprender los pensamientos del otro, mientras nuestros corazones intentan coordinar un solo latido pasional. Lo que viene de ahí en adelante es sólo la gloria de lo erótico y el éxtasis de lo divino, es algo que no es un secreto, pero al mismo tiempo algo que no puede ser contado. Nos miramos, y mientras yo busco en su rostro y en su piel algún rastro de lo humano, la beso, con besos tiernos, procurando demorarme en sus volubles labios, ojos y cuello. Una de las cosas que más amo es su cabello, largo y muy liso, el cual acaricio mientras me dirijo a sus hombros. Sigo avanzando y me emociona, me llena de alegría, sentir su respiración en su pecho al tiempo que mis labios y mi ardiente deseo escalan beso a beso sus senos. Sigo ascendiendo y es ahora mi lengua la que hace su gentil aparición, tibia sobre un seno frío que sube y baja, ahora exaltado por una, un poco agitada, febril respiración. Ahí, en la cima, empiezo a describir círculos y a besar con gentileza un magnífico pezón. De vez en cuando alterno, cambiando de seno, lamiendo con deseo y reverencial respeto el recorrido. Sin demorarme mucho, pero sin ir muy aprisa, sigo camino hacia el vientre, no sin haber dado antes un beso a mi diosa. Lo recorro todo y, sin evitar caer en su ombligo, la intimido y la rindo besando su pubis. Sigo bajando, y no sin antes lamer tiernamente, me decido por alguno de los muslos, ya que éstos son festín de besos y de aficiones. Vuelvo y subo para que, donde haya yo lamido, mi ardor y deseo por satisfacerla intenten arrancar de Ella los gemidos que me indiquen que su corazón late tan rápido como el mío. Después de conseguir mi objetivo, empiezo a recorrer, en sentido contrario, el camino que ya antes había seguido y demorándome un poco en sus senos llego hasta su cuello, acaricio su cabello, sigo hasta sus labios, beso sus ojos y nos entregamos, de la forma más pura posible, a la muerte de sabernos amantes y amados. Todo lo que hay en vida no puede describir lo hermoso del amor, sólo, tal vez, la vida misma, que no sé dónde encontrarla, sólo, tal vez, en el amor. Y así nos amamos hasta que Ella se va con el alba, mientras se lleva mi alma. Por eso digo que de día la extraño y de día soy sin alma. Ahora sí, conózcanme, témanme, envídienme porque Ella es mi amante y mi amada de la cual el ocaso ya me anuncia su llegada, por eso he de finalizar mi escrito, he de poner en orden mis cosas mundanas, de mortales, diría Ella. He de prepararme para que comience el ritual. La Noche ha llegado.
Friday, September 11, 2009
Obscuros: Ella
Monday, August 31, 2009
Antes de que la noche se llevara su alma

Antes de que la noche se llevara su alma, él decidió que era hora de armarse, por eso fue que tomó en sus manos la pluma, la que habría de reclamarle como si ésta fuera una espada más. La oficina no estaba vacía, él sabía que no tenía por qué estarlo, pero al fin sucedió que todo se obscureció, y como no había nada ni nadie en quien confiar su soledad, el decidió sin más presteza ni desespero que tal vez era hora de empezar a escribir. De esa forma, en la obscuridad más profunda, escribió aquello que llegaba a su mente, sin prestar mucha atención en lo que iba escribiendo. Imagino que de pronto la muerte no era lo que más lo preocupaba en esta vida, tal vez lo que robaba sus pensamientos era el hecho de morir siendo una persona que no tenía nada que ofrecer a la vida que había dicho vivir. De repente, como un trueno, llegó ella, se adueñó de su mirada, se separó, se partió en dos, el universo se trasfiguró, ya no existió el tiempo, todo fue un cruel juego de dios que en un momento de aburrimiento intento duplicar un grano de arena que se encontraba justamente sobre la ciudad de los tres nombres, aquella que une a Europa con su terrible enemiga de juventud. Sí, Europa, aquella que fue raptada por Zeus, solo para satisfacer su lascivia. La mujer le reprimió, indignada por el hecho de haberla creado, de haberla puesto en semejante situación tan vergonzosa, de haber jugado con ella. Por que eso fue lo que hizo con ella, jugar con su (alma?). Era ella real? Y si lo era hasta que punto podría ser un sueño, o por lo menos el sueño de un fantasma con máscara de colores y lleno de deseos por mujeres irlandesas bailando la danza de la muerte obscura.
Al final, decidió él irse a dormir, ya cansado de tanto existir, sin poder darle a su escrito un final decente, un final digno de ser llamado comienzo, porque eso es lo que él sabe hacer mejor, finales que parecen principios, o principios que parecen finales. Así, sólo quedaba una cosa por hacer, y la hizo. Soltó la pluma, sólo para desarmarse, y le permitió a la noche (de todas formas, no tenía remedio) que se llevara su alma.
Sunday, August 30, 2009
Valholl (Hopt, Haptsönir)
Open Only to the Owners of Death
People Proved by the Power of Gods
Taking Time for the Terrible Ragnarök

